
Imponente se yergue ante el precipicio, lenta y decididamente se deja llevar por el llamado de la obscuridad. Un paso adelante marca su triunfal decisión. La suave brisa que lo acaricia se convierte en un poderoso torrente de aire el cual convierte este breve estadío de fascinación en un caudal de emociones que derivan en la más poderoso de las sencaciones que los dioses pueden apenas saborear, apenas acariciar; el terror por la búsqueda, el miedo por amor.
Como un trueno la ventisca se adentra en todo su ser y cada parte de la esencia divina tiembla de estupefacción ante la realidad que ahora se materializa, ante lo irremediable de este acto de pura y total libertad.
Miedo es luz y oscuridad, miedo es perdición y redención, Y dentro de los confines de su ahora cada vez más limitado ser, tiembla, tiembla de gozo, expectación ante la inmensa posibilidad del acto en sí. La posibilidad de ser en sí por sí.
Poco a poco cada unos de sus partes se contraen, caen dentro de sí. Poco a poco cada pedazo de luz se apaga y a la más ínfima esencia de lo material. Sé es y no se es para hacerse realidad. Cae hacia adentro, implota. Se autodestruye y se crea. Y cada rastro de luz empieza a tomar forma. La energía se convierte en materia y a la vez la materia produce más energía. Y al final de este breve momento el miedo desaparece y empieza el letargo. La increíble sensación de vivir en la muerte, para vivir hay que desaparecer, borrarse, aniquilarse. El sueño pesado y tranquilo le convierte una vez más en realidad. Sólo queda dormir y esperar, dormir y vivir en este hermoso sueño de la libertad abandonada.
Existencia. Cae un dios y se levante un hombre.
Un acto de gran valor.





















